May 24, 2007

Historiografía pop II

Reseña de los libros de Michael Burleigh (1) Poder terrenal. Religión y política en Europa: de la Revolución Francesa a la Primera Guerra Mundial y (2) Causas sagradas. Religión y política en Europa: de la Primera Guerra Mundial al terrorismo islamista publicada en la edición mexicana de "Letras Libres", mayo de 2007.

LETRAS LIBRES /  (De click para agrandar)

Poder terrenal

En el epicentro de una sociedad democrática se acusó de impiedad religiosa a Anaxágoras, Sócrates y Aristóteles porque sus doctrinas se oponían a las creencias de la mitología oficial. Pericles salvó a Anaxágoras del cadalso, Sócrates apuró la mortífera cicuta, y Aristóteles se exiló para impedir a los atenienses un nuevo crimen contra la filosofía. Por una confusión entre política y religión, los gobernantes desestimaron apologías y argumentos. Y en carne propia, fueron los filósofos quienes padecieron las primeras emboscadas de este galimatías hoy bien conocido: la ambición política en sotana, y el coqueteo político de la religión.

Pasados los siglos y milenios, estos quebrantos desempeñan todavía un papel decisivo en la manera como entendemos la historia: tras el septiembre neoyorquino siguen retumbando en la conciencia planetaria las aleyas del Corán, con todas sus repercusiones en los espectros político, social y académico. En esta coyuntura, el profesor Michael Burleigh ha estudiado los sucesivos amasiatos y divorcios de la política y las confesiones cristianas durante los últimos dos siglos. En Poder terrenal inquiere la religiosidad civil decimonónica, que se espesa sobre todo en los mitos y monumentos del Estado-nación.

Religión y política son vasos comunicantes, qué duda cabe. Pero Burleigh va más allá al destacar cómo las políticas europeas radicales se han transformado en silabarios religiosos, y cómo diversas formas religiosas del cristianismo se han escrito en alfabetos políticos. A caballo entre la historia de las ideologías europeas más nefandas y las principales concepciones cristianas, Poder terrenal rastrea el concepto comunidad sentimental: donde haya “una comunidad sentimental en la que la resonancia emotiva [sea] la norma” (p.15), allí habrá un foco religioso, y por tanto, una pulsión política.

Según Burleigh, todo esfuerzo por extirpar la religiosidad –sea un instinto individual, sea la amalgama sentimental de la sociedad– es un mero ejercicio de sustitución. Los intentos históricos por desterrar la religión de la vida pública desembocan en la paradoja de convertirse ellos mismos en dogma y observancia, incluso si su atmósfera natural fuera el ateísmo. Así, los empeños por despojar a los pueblos europeos de sus creencias religiosas han hecho proliferar los sucedáneos civiles: jacobinismos, fascismos.

Burleigh muestra el desarrollo de las “religiones políticas o seculares”, cuyo arco se extiende desde Tomasso Campanella –quien acuñara la expresión– hasta Eric Voegelin –quien la popularizara.

El dilatado siglo que se prolonga entre la Revolución Francesa y la Primera Guerra Mundial hundió sus raíces en las aguas del protestantismo cultural y recibió las tormentas ácidas de la industrialización. Como los filósofos acusados en la antigua Grecia, también la modernidad libró una batalla intelectual en el campo políticorreligioso. Burleigh da cuenta tanto de la secularización europea posterior a la Revolución Francesa como de las mitologías civiles sustitutivas de los credos católico y ortodoxo: la parafernalia jacobina, los mesianismos políticos, los altares patrios, el socialismo utópico, la anarquía violenta, y otras expresiones que a lo largo del xix forjaron o blindaron, según el caso, “comunidades sentimentales”, salvo los breves respiros espirituales de la Restauración y el Romanticismo.

Poder terrenal se antoja menos de pluma anglosajona que de una continental. Si bien su arquitectura es sólida, molesta al lector descubrir la infraestructura desnuda de la investigación, mal disimulada. Por ello resultan innecesariamente exuberantes muchas de sus páginas. La erudición de Burleigh reluce en el manejo de los grandes temas e incluso en las ilustraciones, ora cotidianas y actuales, ora cultas y refinadas, pero es también un caballo desbocado que lo deja a uno molido. La inserción de biografías, la recensión de tratados o textos literarios y la multiplicación de pequeños relatos ahogan aquí y allá los argumentos. Donde uno querría encontrar motivos, el autor acumula anécdotas –se sabe de antemano que un libro de carácter general como éste es sólo un otero, pero aún así fastidia atisbar una jungla de ejemplos en lugar de una llanura discursiva.

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Causas sagradas

Si Poder terrenal revela una malhadada cojera, Burleigh se desnorta en Causas sagradas hasta romper el proyecto original: exhibe más su capacidad investigadora, compiladora y descriptiva, y menos la agudeza de su ingenio o la fuerza de su imaginación. A pesar del desacierto de multiplicar ad infinitum las historietas, el primer volumen defiende una tesis central; al segundo, en cambio, le falta su columna vertebral. Collage de anécdotas, rimero de opiniones blandas, poso de lugares comunes, la exuberante información de Causas sagradas desafía más los archivos electrónicos de Wikipedia que una lectura inteligente o, al menos, exigente. Aunque ya al inicio prometa revisar “la politización de la religión” y “la sacralización de la política” (p.18), el autor sencillamente se ocupa de amasar todos los momentos en que religión y política se (des)encontraron los últimos noventa años… cristeros incluidos.

Después de varios cientos de páginas, el estilo pauljohnsonesco se torna monocorde. Si bien esto conlleva una lectura veloz, el campechanismo del historiador llega a irritar, como cuando con rigor desajustadamente académico –eso pretenden las innumerables anotaciones y referencias bibliográficas– califica a Primo de Rivera de “dirigente playboy” (p.177) o nos cuenta que a propósito de los ataques al World Trade Center estuvo 36 horas continuas frente al televisor (p.529). Viene entonces al dedillo el oxímoron de Mies “Menos es más”, en cuanto menos desenfado y menos digresiones habrían pulimentado el trabajo.

Autor de varios libros sobre la Alemania nazi, no sorprende que Burleigh dedique la primera mitad de éste al mismo tema. Pero sí sorprende que otorgue pocas páginas al proyecto prometido de mostrar la deificación del Estado nacionalsocialista (lo cual había ensayado ya en The Third Reich: A New History, 2001), y prefiera analizar por extenso las críticas de las iglesias a la barbarie hitleriana y a los antisemitismos nazi, de Vichy y otros más al este. Entre las complicadas marañas decimonónicas había hecho descollar ya la figura de León xiii, y ahora se torna un cuasi apologeta de Pío xii y de los bríos vaticanos contra el nazismo y el estalinismo. Esta aproximación al pontífice Pacelli y su tiempo resulta llamativa, pues el agnosticismo confeso del británico Burleigh no le impide ocultar sus simpatías por la Iglesia Católica.

La otra mitad del texto versa sobre la Guerra Fría y la caída del marxismo, la época del 68 y sobre el terrorismo, sea nacionalista europeo (ira, eta), sea del fanatismo islámico. El tono híbrido entre un academicismo vago y un periodismo de sensación se mantiene incólume, es decir, la lectura resulta interesante, en el sentido más laxo de la palabra. Antes de concluir se plantea una serie de preguntas abiertas para el futuro de Europa, el albergue de quince millones de musulmanes (el tres por ciento de la población), suficiente para que reciba el mote de Eurabia.

Los filósofos griegos fueron los primeros en sufrir los embates de la confusión politicorreligiosa, viva incluso en nuestras épocas a pesar del extrañamiento constitucional entre la Iglesia y el Estado en tantos países. Valdrá acaso la pena fijar de nuevo la atención en Francia, la nación primogénita de la Iglesia y la primera en apostatar, ante todo en el candidato presidencial que ha fantaseado un nuevo maridaje entre el trono y el altar, so presión de la media luna. Lo cierto es que en los días del preocupante terrorismo –esa confusión política, religiosa, mental… vital–, un ciudadano no puede prever si su muerte será inocente y socrática, si logrará escapar oportuna, aristotélicamente, o si la períclea reacción policiaca le salvará el pellejo.

5 comments:

Roberto said...

Poder vs Poder

No importe quién o a qué se dedique el ser humano, al parecer la ambición siempre logrará traicionar su conciencia y doblegar al auriga. El corcel negro encabeza el mando y el resto padecemos sus caprichos.

Excelentes reseñas.

Saludos,

Jack Sparrow, Cap'n said...

Genial, pero ¿puedes explicar algo más de las comunidades sentimentales? ¿Y las letrillas son addenda o algo así?

Enrique G de la G said...

Hey Sparrow bzw. Alf!

Las letritas salen por error de formato, no pude corregirlas. Weird...

Luego comentamos eso de las comunidades sentimentales. Pero en esencia es un grupo de personas que quedan cohesionados por sentimientos morales comunes: "únanse quienes piensan que el aborto está bien/mal", por ejemplo. Precisamente esa ambigüedad definitoria le permite a Burleigh manejarse a sus anchas y llamarlo a (casi) todo "religión". Me parece, por otra parte, que es una definición incompleta pues deja de lado dos aspectos esenciales de la religión: el dogma y la liturgia/práctica/ejercicio. ¿No?

(¿Sigues en USA?)

Pedro Barbosa said...

Qiubo Enrique.. oye compre ya el número de mayo de Letras Libres; sigo en el número de marzo en el que ya me he tardado bastante porque estoy variando mi lectura, empezé a leer "Habla un Exorcista".
Hasta luego!

Ululatus sapiens, S. I. said...

Enrique:

Leí con gran interés esta reseña en Letras Libres, no nada más por mi pasión por la Historia en general (y la eclesiástica en particular), sino porque ya había leído el mastodóntido El Tercer Reich de Burleigh, que aporta muchas reflexiones interesantes, pero que es bastante flaco en hechos y detalles exactos (se deja llevar por viejos mitos de la II Guerra Mundial)...

No creo que sea un aspecto esencial de la religión el culto/práctica/ejercicio/liturgia. Lo esencial es la fe, la creencia en Algo o, como en el caso de la tradición judeo-cristiana, en Alguien (fundamentada, principal mas no exclusivamente, en dogmas). La manifestación temporal-cultural de la fe es lo que conocemos como religión. Y al menos en el caso del cristianismo y del judaísmo, vivir rectamente de acuerdo a la fe no hace del culto ni lo esencial ni lo principal.

Gracias por leer.

¡Saludos!

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